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Las 2 vidas de Andrés Rabadán (2009) o las múltiples caras de nuestra sociedad

Cartel de la película "Las dos vidas de Andrés Rabadán"

El guionista, productor y director de cine Ventura Durall se adentra por primera vez en el mundo de la ficción con un largometraje titulado Las 2 vidas de Andrés Rabadán (2009). Tras llevar a cabo un documental titulado El Perdón (2008), también basado en la historia de A. Rabadán, Durall vuelve a investigar según sus propias palabras en  “la importancia de las propias vivencias en la formación del yo, el sentimiento de culpa, la capacidad de cambiar la propia estructura y la fuerza redentora del amor” (1).

La historia que nos ofrece este autor se sitúa en la fina línea que separa el umbral de la ficción y la realidad, ofreciendo un film basado en hechos reales, donde lo que se cuenta podría situarse seguramente a ambos lados de este incierto soportal. El guión de esta película ha sido escrito por Ventura Durall (con la colaboración de Enric Àlvarez y Andrés Rabadán); basado parcialmente en los libros Històries des de la presó y Curset DEVI, de Andrés Rabadán; y desarrollado con la ayuda del Centre de Desenvolupament Audiovisual.

Durall se centra en Andrés Rabadán, conocido como “el Asesino de la ballesta”, después de asesinar a su padre con el arma que le valió el mote y hacer descarrilar tres trenes cuando tenía 19 años. Interpretado de manera sobria y destacada por Àlex Brendemül que después de haber protagonizado al anónimo asesino en serie de Las horas del día (Jaime Rosales, 2003), se reencuentra con un personaje similar, pero esta vez mediatizado y vuelto de rosca ya que está en plena inserción social. Éste se encuentra en un momento crítico de su existencia, es decir, el undécimo año que pasa en el psiquiátrico penitenciario donde está cumpliendo una condena de veinte. En este punto aparece Carmen (Mar Ulldemolins), una auxiliar que provoca en Rabadán un cambio importante de actitud que –junto al curso de integración DEVI al que el protagonista acude en el centro penitenciario- adentra al personaje en un viaje interior en el que intenta llegar al fondo de sí mismo y comprender por qué cometió aquél asesinato. Mientras tanto, somos testigos de una peculiar historia de amor entre estos dos personajes, llena de obstáculos, silencios, enemigos y dudas.

En un orden de importancia similar encontramos otros personajes como Sarah (Clara Segura), médica recién llegada a este centro penitenciario y única persona capaz de escuchar y comprender la incertidumbre de Carmen, que también es nueva en su puesto de trabajo. Parece que una mirada nueva sobre el microcosmos que supone esta prisión sirve al director para reflexionar sobre la necesidad o no de este tipo de lugares y la (in)competencia de los algunos de los funcionarios que trabajan en éstas. Entre estas figuras destacan Eva (Cristina García), compañera de Carmen y “Matahari”  (Emilio Mencheta), trabajador apodado así por los internos y  persona encargada de la seguridad y el orden. La utilidad o no de estas condenas y de este sistema penitenciario se pone en entredicho a lo largo de la película y del recorrido que realiza Rabadán junto a su compañero Jordi (Andrés Herrera), personaje cuya mayor ambición es conseguir dar rienda suelta a sus deseos sexuales y sentimentales. Este sentimiento, que será su motor durante toda la película gracias a sus futuras relaciones con Jessi –un personaje femenino que el espectador no llega a ver- y que al verse truncadas provocarán el suicidio de éste.

Todos los elementos de esta trama tienen cabida en un montaje, fruto del trabajo de Martí Roca, que comienza con una introducción en la que Rabadán llega al patio del centro penitenciario, con síntomas claros de estar bajo una fuerte medicación. Segundos después, otro preso le golpea fuertemente hasta tirarlo al suelo, bajo la atenta mirada del resto de presos, sin que el protagonista oponga ninguna resistencia. En segundo lugar, el espectador puede ver el plano de unas palomas que picotean pan en un charco; y una música que suscita cierta tensión sirve de transición para leer unos créditos en los que se explica el contexto de los hechos ocurridos, de los cuales se hicieron eco los medios de comunicación. El texto comienza así: “En el año 1994, Andrés Rabadán se entregó a la policía después de hacer descarrilar tres trenes y matar a su padre con una ballesta…”. Dan comienzo unos títulos de crédito que se intercalan con  planos que nos muestran el tren descarrilado, dibujos entre los que encontramos una relación clara con lo siniestro, fruto de la esquizofrenia que sufría el protagonista y la amargura producida por un padre que maltrataba tanto a su mujer como a su hija; e imágenes de archivo del momento en el que Andrés Rabadán se entregó a la policía tras cometer los delitos ya explicados. Si El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) nos ofrecía las claves de la trama a partir de dibujos realizados por sus niñas protagonistas, Las 2  caras de Andrés Rabadán (Ventura Durall, 2009) nos ofrece un collage de la situación que vive y ha vivido el protagonista, elemento indispensable a la hora de adentrarnos en este híbrido entre el drama y el cine negro. Así, comienza una película en la que lo primero que el director nos deja ver es, a través de un falso plano-secuencia -compuesto por un movimiento de cámara descendente y un ligero zoom out-, aquello que Rabadán observa desde su prisión: el cielo, una reja y al fondo, Montserrat.

Por otro lado, la película se ilustra con flashbacks de la vida de Andrés: conversaciones con su familia, momentos de su infancia e incluso, el asesinato de su padre. Esta última escena, resuelta con un plano fijo, muestra un suspense pudoroso en el que no vemos el cadáver del padre. También ocurrirá de este modo cuando Jordi se suicide, ya que solamente veremos el dolor de Rabadán (elipsis visual). Pudor que no se muestra a lo largo de toda la película, caracterizada en ocasiones por duros planos de la violencia que se ejerce sobre el protagonista. Estos recuerdos ilustrados con flashbacks llegan a su mente tras pasar por el curso  en el que debe entender “por qué hizo lo que hizo”, intentar explicárselo a Carmen o como consecuencia de algunas de las situaciones que vive. Así pues, la muerte de su amigo Jordi le sitúa en la cocina de la casa de su hermana. Si el padre de Rabadán violaba a su hermana es un hecho que se insinúa a partir de esta escena y que, desde luego, tortura mentalmente a un personaje en plena angustia existencial.

Los personajes de Andrés y Carmen en una escena de la película

Los personajes de Andrés y Carmen en una escena de la película

Las transiciones que conectan los flashbacks con escenas en el centro penitenciario se suelen producir gracias a ciertos sonidos claves en esta película: el ruido del tren y el rotundo cierre de las puertas de la prisión. De hecho, este sonido será el que marque el final de la película tras someter al protagonista a un test sobre su vida por duodécima vez. También las imágenes de Montserrat sirven como hilo conductor en una película en la que existen tres localizaciones fundamentales: por una parte, el centro penitenciario y aquello que se ve desde la ventana de éste (Montserrat). Por otra parte, las situaciones del pasado del protagonista, es decir, su casa, la casa de su padre, la casa de su hermana y las vías de los trenes que hizo descarrilar. En éstas se muestra  de qué manera llevó a cabo esta acción Andrés, con la ayuda de una sierra. Por último, sirve como localización fundamental los viajes de Carmen en los coches de Eva y Sarah desde el centro penitenciario hasta su casa.

El protagonista planea una fuga que también será un punto de continuidad a lo largo de la película. Por esta razón, Rabadán pasa las horas muertas asomado a la ventana de la cárcel,  afilando un pincho de hierro con el que consigue romper las rejas de su celda. Después de ser protagonista de tres huídas, todos los profesionales de la cárcel, incluido el director, dudan de la credibilidad de Rabadán. Se trata de funcionarios cuya desconfianza se muestra en esta película como incapacidad a la hora de ponerse en la piel de los enfermos. Esta insuficiencia solamente es superada por la ingenuidad de la psicóloga (Elena Fortuny) que escribe en la pizarra “¡Siempre positivos!”, la médica recién llegada que aconseja a Carmen, personaje que se enamora de Rabadán, con las siguientes palabras:  “Intenta no juzgarlos por lo que hicieron.  Facilita el trabajo”.

El personaje de A. Rabadán en una escena significativa. Ésta tiene lugar en dos momentos de la película

El personaje de A. Rabadán en una escena significativa. Ésta tiene lugar en dos momentos de la película

La mirada fría, distante y a la vez comprensiva de Durall nos adentra en un análisis de los personajes, clave para entender las subtramas que intentan explicar el por qué de ciertos aspectos del comportamiento humano como la culpa o las “enfermedades mentales”. De esta manera, la hermana del protagonista (personaje interpretado por Tania Roman) se siente culpable después de haber dejado a Andrés solo en casa de la figura paterna. Éste, interpretado por Boris Ruiz, es mostrado como una persona que “destroza todo”, insoportable, es decir, un maltratador que el protagonista tuvo que aguantar durante diez años de convivencia. ¿Podría ser éste uno de los motivos por los que Rabadán llevo a cabo aquellos horribles delitos? La respuesta queda en el aire, ya que esta película se basa en plantear preguntas que podrían tener diferentes respuestas, es decir, verdades con diferentes caras, como las dos caras de Andrés Rabadán. Porque, sí es cierto que los matices de la historia cambian según el ángulo desde donde la mires. Por una parte están las víctimas del delito y por otra el asesino cuyas circunstancias le hacen único. Pero la cuestión no queda aquí ya que los medios de comunicación, la imagen que ofrece al exterior el centro penitenciario y, fundamental, la opinión pública, es decir la visión que la sociedad tiene sobre los hechos, influyen a la hora de tomar decisiones sobre el protagonista.

Finalmente, no parece que solucionar el problema del asesino –para que no vuelva a delinquir- sea aquella acción más importante en el interior del centro penitenciario. Existe algo mucho más importante: dar ejemplo, una imagen de que todo está controlado y sobre todo, dejar claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos a través de la televisión. Esta última cuestión es una de las bazas del director, que aprovecha la ambigüedad absoluta de los personajes –tanto dentro como fuera del psiquiátrico- para mostrarnos una historia con tintes de cine negro, donde queda demostrado como, al estilo de Fritz Lang, cualquiera podría ser el asesino. Si a esto le añadimos una fotografía cuidada en la que predominan los claro-oscuros y los contrastes (especialmente dentro de la cárcel) que se oponen a la absoluta luminosidad de los médicos y sus despachos, estamos ante una película gris, cruda y que toma partido ante un hecho: la falsedad con la que se construyen los hechos sociales y su espectacularización en los medios de comunicación masivos.

Finalmente, Carmen será el hilo conductor del futuro de A. Rabadán

Finalmente, Carmen será el hilo conductor del futuro de A. Rabadán


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